Marvin (2017)

Isabelle Hupper and Finnegan Oldfield in Marvin

¡En español!

Sometimes, when I am disappointed by a movie, I can see so clearly the movie that it could have been. This isn’t to say that I’d know how to fix it, but rather that I see what the creators wanted out of it, and the parts inside that could have made it work. With Marvin, I have no idea of what could be done with it, because I’m not sure what it wanted to tell me.

As the title may suggest, the story follows Marvin, a boy from rural France who grows up to be a young gay man in Paris. What we see of his childhood is the stuff of nightmares: bullied and sexually abused at his school for being effeminate, constantly humiliated at home by a choleric father who proudly asserts that he’s never laid a hand on anybody. His only lifeline is the principal at his school, who hooks him up with a theater scholarship that takes him to a new life in the city. If the representation of the village life is brutal, Paris doesn’t fare much better: Marvin finds understanding friendship in a drama teacher and his husband, but discards them in favor of a wealthy older man who buys his company. Isabelle Huppert is in there too, playing herself, as a sponsor of sorts in Marvin’s career.

(If the basic story sounds familiar, it’s because it started out as an adaptation of Édouard Louis’ book En finir avec Eddie Bellegueule, unread by me, before the author peaced out of the movie entirely, and it’s hard to blame him.)

For a character that is literally in every scene, we see precious little of Marvin’s inner life: as a kid, we see him react to continuous abuse, and when he’s older he seems to sleepwalk through his Parisian encounters. The movie tries to sell that he only comes alive when he’s acting, but even when we see several scenes of his autobiographical one-man-show, mostly he’s just acting out episodes from his childhood that we’ve already seen, verbatim.

Perhaps the movie’s trying to do too many things. It is shown out of sequence, but the jumps from present to past aren’t employed here to enrich either timeline. Diluting our attention between the childhood trauma, the acting class, the one-man-show, the boy-for-rent life, and even a post-fame epilogue of sorts reduces the narrative weight of each episode. Both actors who play Marvin (Jules Porier and Finnegan Oldfield -which, what a name! Sounds straight out of Dickens) do a good enough job, but the script doesn’t give them a lot of introspection to work with.

In the end, choosing to thread too many stories, Marvin doesn’t land any of them, leaving us instead with a fragmented look at a character that doesn’t hold up to that level of detail.

Marvin on IMDb

Marvin (2017)

 

A veces, cuando una película me decepciona, veo claramente la película que podría haber sido. Eso no quiere decir que sepa cómo arreglarla, sino que veo lo que los creadores querían conseguir, y las partes que podrían haber funcionado para conseguirlo. Con Marvin, no tengo ni idea de qué se podría hacer con ella, porque no estoy seguro de lo que me quiere contar.

Como sugiere el título, la historia sigue a Marvin, un chico de la Francia rural que crece para convertirse en un joven estudiante gay en París. Lo que vemos de su niñez es horrendo: maltratado y abusado sexualmente en su escuela por ser afeminado, constantemente humillado en casa por un padre colérico que presume de no haberle levantado la mano nunca. Su única esperanza es la directora del colegio, que lo conduce a una beca de teatro que lo lleva a una nueva vida en la ciudad. Si la representación del pueblo es brutal, París no sale mucho mejor parada: Marvin encuentra amistad y comprensión con un profesor de drama y su marido, pero los abandona por un hombre mayor adinerado que compra su compañía. Isabelle Huppert también anda por ahí, interpretándose a sí misma, como una especie de mecenas de la carrera de Marvin.

(Si la historia general suena familiar, es porque empezó como una adaptación del libro de Édouard Louis, En finir avec Eddie Bellegueule, inleído por mí, antes de que el autor cortara lazos con la película, y cuesta reprochárselo.)

Para un personaje que protagoniza literalmente cada escena, vemos bien poco de la vida interior de Marvin: de niño, le vemos reaccionar a los abusos continuos, y cuando es mayor parece vagar por sus encuentros parisinos. La película intenta vendernos la idea de que vuelve a la vida cuando está actuando, pero incluso cuando nos presenta varias escenas de su obra autobiográfica se limita a recrear episodios de su infancia que ya hemos presenciado, textualmente.

Quizás la película intenta hacer demasiadas cosas. Está narrada en desorden, pero los saltos entre el pasado y el presente no se utilizan para enriquecer ni un tiempo ni el otro. Diluir nuestra atención entre el trauma infantil, la clase de interpretación, la obra, la vida de chico de alquiler, y hasta un epílogo post-fama reduce el peso narrativo de cada pieza. Los dos actores que interpretan a Marvin (Jules Porier y Finnegan Oldfield -que, por cierto, ¡vaya nombre! Suena salido de Dickens) se defienden bien, pero el guión no les ofrece mucha introspección con la que trabajar.

Al final, hilando demasiadas historias, Marvin no acierta ninguna de ellas, dejándonos con un estudio fragmentado a un personaje que no aguanta ese nivel de detalle.