The Invisible Man (2020) – Movie Review

Elisabeth Moss in The Invisible Man

¡En español!

Leigh Whannell has done what seemed to be impossible: he has taken an old and dusty studio IP and he has not only made an effective adaptation of it, but he has reinvented it to fit our time. Far from retreading old ground, his horror is uniquely tuned to our new fears.

The key to the entire endeavor is that The Invisible Man is not the story of the invisible man, but that of Cecilia (Elisabeth Moss), the recent survivor of an abusive relationship with the wealthy tech entrepreneur Adrian (Oliver Jackson-Cohen). When she reads the news that Adrian has killed himself, while she was hiding out at a friend’s house, it looks like Cecilia might finally stop looking over her shoulder, but soon enough things start happening around her that convince her that Adrian is not dead, just invisible, and is stalking her without anybody noticing.

We in the audience, of course, know that in the movie called The Invisible Man, there is a, uh, lad who is not visible (and we get a view of things moving by themselves early on, so we know Cecilia isn’t imagining it), but how do you convince someone that there’s a person in the room with you that nobody can see without sounding deranged? Indeed, the most insidious horror in the film happens when there’s that creeping doubt that maybe Adrian is present, but maybe he’s gone for now, or maybe he is standing right next to us. Whannell exploits this paranoia to the maximum: the camera often observes empty spaces, like an empty couch or the corner of a living room, so I would keep scanning the screen, trying to detect the slightest movement or hint, and that’s of course the intended mindset for this movie.

When Adrian does interact with Cecilia, it isn’t as a straight up monster villain, but as an abusive manipulator. He is very deliberately gaslighting her, both in our modern, generic sense, but also as an explicit recall of the movie (movies) Gaslight: it starts out with Cecilia seemingly misplacing things, and gets much worse from there, until people around her start questioning her mental health. His invisibility works as a representation of online abuse, the victims of which -most often women- aren’t believed or thought to be exaggerating. When things escalate and violence ensues -and it very much does, in a third act that goes a bit too light on the horror and a bit too hard on the action- it’s almost a relief to have incontrovertible evidence that the invisible man is real.

As you might imagine, Elisabeth Moss carries this entire movie; compared to Her Smell, this must have been like a light Sunday morning exercise for her. The supporting characters, and a few unfortunate lines of dialogue, don’t provide much material to go on but she finds a way of exploring layers of trauma in her performance: in her hands, the topic of abuse is not a crutch but a truthful deep-dive into the many, insidious ways an abuser can get into his victim’s mind.

The Invisible Man will be cited as a textbook example of how to retell an old story well: not just by modernizing it on the surface, but by reworking its very concept to shine a light on a relevant problem. Since studios will keep redoing all their franchises forever, let’s at least hope they do them this well.

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El hombre invisible (2020)

Leigh Whannell ha conseguido lo que parecía imposible: ha tomado una franquicia de estudio vieja y polvorienta, y no solo ha realizado una adaptación efectiva de la misma, sino que la ha reinventado para adecuarla a nuestro tiempo. Su terror, lejos de quedarse en lugares comunes, exhibe una sintonía única con nuestros nuevos miedos.

La clave de todo este proyecto es que El hombre invisible no es la historia del hombre invisible, sino de Cecilia (Elisabeth Moss), la reciente superviviente de una relación abusiva con un emprendedor de la tecnología llamado Adrian (Oliver Jackson-Cohen). Cuando Cecilia lee la noticia de que Adrian se ha suicidado, mientras ella vivía escondida en la casa de unos amigos, parece que por fin podrá dejar de mirar por encima del hombro. Sin embargo, pronto empiezan a suceder cosas a su alrededor que la convencen de que Adrian no está muerto, sino que es invisible y la acosa sin que nadie se dé cuenta.

Los espectadores, naturalmente, sabemos que en la película que se llama El hombre invisible hay un, eh, señor que no es visible (y nos enseñan cosas que se mueven solas bastante pronto, para que sepamos que no es imaginación de Cecilia), pero ¿cómo convences a alguien de que hay una persona en la misma habitación que tú pero que nadie puede ver sin que parezca que has perdido el juicio? En efecto, el miedo más agudo de la película surge de la duda incómoda de que quizás Adrian está presente, o quizás se ha ido por el momento, o igual está de pie justo a tu lado. Whannell explota esta paranoia al máximo: la cámara a menudo observa espacios vacíos, como un sofá o el rincón de una sala de estar, lo que te impulsa a estudiar la pantalla, intentando detectar el más mínimo movimiento o pista, lo cual es obviamente el estado de ánimo perfecto para esta película.

Cuando Adrian interactúa con Cecilia, no lo hace como un monstruo de terror, sino como un manipulador abusivo. Le hace luz de gas de forma calculada y deliberada, en el sentido moderno de la expresión pero también como referencia explícita a la película (las películas) Luz de gas: empieza cuando Cecilia parece olvidarse cosas en casa, y de ahí empeora mucho y muy rápido, hasta que su familia empieza a cuestionar su salud mental. La invisibilidad funciona como representación del abuso online, a cuyas víctimas -la mayoría mujeres- no se las cree o se las acusa de exagerar. Cuando la cosa va a peor y decae en violencia -y definitivamente hay violencia, en un tercer acto que deja un poco de lado el terror a favor de la acción- es casi un alivio tener pruebas innegables de que el hombre invisible existe.

Como ya imaginarás, Elisabeth Moss lleva toda la película a su espalda; comparada con Her Smell, esta ha debido de ser como un sencillo paseo matutino para ella. Los personajes secundarios, y algunos diálogos poco acertados, no aportan mucho material sobre el que apoyarse pero ella encuentra formas de explorar distintos tipos de trauma con su interpretación. En sus manos, el tema del abuso no es una excusa sino un estudio sincero de las muchas formas en las que un maltratador puede adueñarse de la mente de su víctima.

El hombre invisible se citará como ejemplo de cómo reescribir bien una vieja historia: no solo modernizando la superficie, sino reorientando el concepto mismo para hablar de un problema relevante. Los estudios seguirán reciclando sus franquicias hasta el final de los tiempos, así que por lo menos esperemos que las hagan así de bien.

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