Together with Backrooms, Obsession is the second half of the box office success story of the year, a high concept horror movie with a shoestring budget unexpectedly finding more success than several Hollywood blockbusters.
Where Backrooms used an allegory of AI to explore our harmful behavioral patterns, Obsession takes on misogyny in general and incel culture in particular through a dangerous “Be careful what you wish for” device. Bear (Michael Johnston) has forever had a crush on his friend and colleague, Nikki (Inde Navarrette), but never dared to voice his feelings to her. Instead of confessing, he makes an ill-fated wish for her to love him “more than anyone else in the world”. His wish comes true in a very literal way, overriding Nikki’s free will and turning her into a single-minded dependent entity who quite literally cannot operate without Bear’s attention.
I love the premise much more than I liked the execution. To paraphrase Portia, it is a rare double horror concept, because it is horror that torments him that gives, and her that takes: Nikki’s soul is entrapped inside an automaton that isn’t her and cannot function but as a slave to a man, but Bear also suffers under this Faustian bargain, because he wanted love but not the gallery of horrors that pours out of Nikki’s possessed obsession. Like Backrooms, this is successful because the story and the themes go hand in hand: here, the premise is a careful illustration of modern incel culture. For these people misogyny doesn’t look like Tom Cruise in Magnolia, men as hunters and women as prey, but like a hurt pride that feels entitled to the devotion of women but is unwilling to take on the responsibility that its own demands of subservience must necessarily entail. Bear wishes Nikki to adore him but doesn’t want to be responsible for another person.
In practice, the script could have used with as little as one or two more passes. Possessed Nikki’s horror starts at nightmarish levels right from the get go, leaving little room for a crescendo as the movie progresses: her breakdowns accumulate in quantity but don’t always escalate in gravity, which made the middle act feel repetitive while leaving some threads underdeveloped (like a single scene where Bear is able to talk to the real Nikki), and while the premise is well developed, the conclusion feels simple and overly telegraphed.
In addition to the themes, the movie’s great discovery is its cast: Michael Johnston is great in a role that requires him to elicit a specific degree of sympathy and no more, but the real discovery is Inde Navarrette, who delivers an incredible performance finely tuned to her character as well as to the genre. Oftentimes the horror plays out entirely in her face, as you can see the existential anguish of real Nikki fighting to break through fantasy Nikki’s manic chipperness.
Obsession ultimately didn’t feel as complete of a work as Backrooms, but it’s a comparison prompted only by the two movies coming out at the same time, and the cleverness of its premise does make it worth a watch if you’re into horror films. I will certainly be keeping tabs on everyone involved, because they are all going to go on to great things.
Obsession (2026)
Obsession, junto con Backrooms, es la segunda mitad de la historia taquillera el año, una película de terror de alto concepto con un presupuesto irrisorio que contra todo pronóstico ha recaudado más dinero que varias superproducciones de Hollywood.
Mientras que Backrooms empleaba una alegoría de la IA para explorar nuestros patrones de comportamiento inconscientes, Obsession trata de la misoginia en general y de la cultura incel en particular con una premisa que se puede resumir como “Cuidado con lo que deseas”. Bear (Michael Johnston) está perdidamente enamorado de su amiga y compañera de trabajo Nikki (Inde Navarrette), pero nunca se ha atrevido a confesarle lo que siente. En su lugar, pide un trágico deseo: que Nikki le quiera “más que a nadie en el mundo”. Su deseo se vuelve realidad de la forma más literal posible, destruyendo el libre albedrío de Nikki para convertirla en una entidad totalmente dependiente que literalmente no sabe vivir sin la atención de Bear.
La premisa me ha gustado mucho más que la ejecución. Parafraseando a Portia, es una inusual maldición doble, porque maldice a quien la recibe a la vez que maldice a quien la da: el alma de Nikki se ve atrapada dentro de un autómata que no es ella y que solo existe como esclava de un hombre, pero Bear también sufre con su pacto faustiano, porque lo que deseaba era amor, no la galería de los horrores que surge de la obsesión posesa de la nueva Nikki. Igual que con Backrooms, el éxito de la película radica en la coordinación entre la historia y la temática, en este caso una ilustración bien cuidada de la cultura incel. Para muchos jóvenes machistas, la misoginia no se manifiesta como la de Tom Cruise en Magnolia, donde los hombres son cazadores y las mujeres, su presa; se manifiesta como un orgullo herido que ve la devoción de las mujeres como algo que se le debe sin que tenga que aceptar las responsabilidades que por necesidad entrañaría una relación de dependencia. Bear desea que Nikki lo adore, pero no quiere ser responsable de otra persona.
En la práctica, al guion le habría venido bien otro pase. El terror de la posesión de Nikki empieza a niveles aterradores ya desde el principio, lo que no deja mucho sitio para un crescendo a medida que avanza la historia; los exabruptos se acumulan en cantidad pero no progresan tanto en gravedad, lo que hace que el segundo acto se haga repetitivo a la vez que deja ciertos hilos casi sin explorar (como una escena en la que Bear consigue hablar con la Nikki de verdad), y aunque la premisa está bien desarrollada, la conclusión se hace simple y demasiado evidente.
Además del tema, el gran logro de la peli es el reparto: Michael Johnston borda un papel que exige despertar un grado muy concreto de simpatía y ni un poquito más, pero el gran descubrimiento es Inde Navarrette, una gran actriz que encuentra el tono exacto tanto para su personaje como para el género. Más de una vez la historia de terror se reproduce íntegramente en su rostro, donde se ve cómo el pánico existencial de la Nikki de verdad trata de escapar del frenesí de la Nikki de fantasía.
En última instancia, Obsession es menos redonda que Backrooms, aunque la comparación se debe solo a que las dos pelis han salido a la vez. El tratamiento del tema ya merece la pena, si te gusta el terror, y yo desde luego voy a seguirle la pista a todo el equipo porque sin duda seguirán haciendo cosas interesantes.