God’s Own Country (2017) – Movie Review

Josh O'Connor and Alec Secareanu in God's Own Country

¡En español!

Watching God’s Own Country made me think of The Rider, and if you’ve been to this site before you know that’s a compliment of the highest order. Like that brilliant film, or Heartstone, this is a story about people at a crisis point in their lives in harsh rural environments where hope and support are difficult to come by.

God’s Own Country is -if you can imagine it- even lonelier than either The Rider or Heartstone. John Saxby (Josh O’Connor) is a young man who lives in a remote Yorkshire farm with his disabled father (Ian Hart) and his grandmother (Gemma Jones). They communicate exclusively in recriminations and orders, and John’s life is reduced to caring for the few sheep and cows they own and can barely afford to look after. Every other night John drives to the nearest pub, drinks alone until he literally blacks out, then comes to the next morning in the middle of a field, throws up, and goes back to work to be barked at by his father.

There is no phone reception, no internet, nothing and no one for miles around -until John’s dad hires a Romanian man, Gheorghe (Alec Secareanu), to help out at the farm as a last-ditch effort to make it pay for itself. John is at first openly hostile to this only new face in the mountain, because reproach is the only language he knows, but while respectful Gheorghe quickly puts him in his place. Their mandated cooperation in the fields quickly gives way to attraction and then, more slowly, intimacy.

The character of John is the film’s greatest treasure and a testament to the skill of Francis Lee, the writer and director, and Josh O’Connor, the actor. His circumstances and hardships are heartbreaking, but instead of a simple victim Lee wrote him as a real person, who doesn’t know better than to take out his frustrations by lashing out at other people and drowning his self-loathing in alcohol. O’Connor, meanwhile, is a true discovery (to me! He has plenty of credits to his name, so happily his talent is recognized). Because John isn’t equipped to talk about or barely even acknowledge his feelings, his gradual thawing and opening up (very gradual; the very first time he smiles is past the 40-minute mark), plays out on his face, on his braced body language, on his permanently downward gaze. His growth and development are all the more rewarding because they happen entirely within the bounds of his personality as presented.

Also as with The Rider, the landscape is beautiful (maybe not as stunning as the canyons of Dakota, no offense to Yorkshire!) but unsparing, and the farmwork isn’t realistic so much as it is real: just like the former film had Brady Jandreau tame a horse for real, here O’Connor and Secareanu really deliver lambs and care for sheep. I am admittedly squeamish (the image of Gheorghe skinning a stillborn lamb on camera and using its pelt to make a vest for another lamb will haunt me for days) but it contributes to the film’s atmosphere of being alone in the country.

God’s Own Country is harsh, but it is also tender, and it’s all the more affecting because it finds hope and love not in a fairy tale but in a story that feels real and lived in. I am sorry I missed it when it came out, because I feel like I lost valuable time where I could have been thinking about it.

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Tierra de Dios (2017)

 

Viendo Tierra de Dios, pensé en The Rider, y si has pisado este blog antes ya sabes que eso es un cumplido de primera categoría. Al igual que aquella sublime película, o que Heartstone, esta es una historia de personas en un momento crítico de sus vidas en duros ambientes rurales donde la esperanza y el apoyo brillan por su ausencia.

Tierra de Dios transmite (si cabe) aún más soledad que The Rider o Heartstone. John Saxby (Josh O’Connor) es un joven que vive en una remota granja de Yorkshire con su padre discapacitado (Ian Hart) y su abuela (Gemma Jones). Se comunican exclusivamente mediante recriminaciones y órdenes, y la vida de John se reduce a cuidar las pocas ovejas y vacas que poseen y que a duras penas pueden mantener. Cada pocas noches John conduce hasta el pub más cercano, bebe hasta perder literalmente el conocimiento, se despierta a la mañana siguiente en medio de un campo, vomita, y vuelve al trabajo a que le grite su padre.

No hay cobertura, ni internet, ni nada ni nadie en kilómetros a la redonda, hasta que el padre de John contrata a un joven rumano, Gheorghe (Alec Secareanu) para ayudar en la granja en un último esfuerzo por salvarla de la bancarrota. Al principio John es abiertamente hostil con esta única cara nueva en la montaña, porque el reproche es el único lenguaje que conoce, pero aunque sin faltar al respeto Gheorghe lo pone en su sitio rápidamente. Su obligada cooperación en el campo pronto da paso a la atracción y, más lentamente, a la intimidad.

El personaje de John es el mayor tesoro de la película y una prueba de la habilidad de Francis Lee, el director y guionista, y Josh O’Connor, el actor. Sus circunstancias y sus adversidades son desgarradoras, pero en vez de una simple víctima Lee lo ha escrito como una persona real, que solo sabe descargar sus frustraciones en el prójimo y que ahoga su autodesprecio en alcohol. O’Connor, por su lado, es un auténtico descubrimiento (¡para mí! Tiene todo tipo de créditos a su nombre, así que su talento es felizmente reconocido). Como John no está capacitado para hablar o incluso aceptar sus sentimientos, su gradual deshielo y apertura (muy gradual; la primera vez que sonríe es pasados los cuarenta minutos) tienen lugar en su rostro, en su receloso lenguaje corporal, en su mirada perpetuamente apartada. Su crecimiento y desarrollo son más gratificantes por el hecho de que suceden enteramente dentro de los confines de su personalidad.

Al igual que en The Rider, el paisaje es hermoso (quizás no tan espectacular como los cañones de Dakota; perdón, Yorkshire) pero inmisericorde, y el trabajo en la granja no es tanto realista como real: igual que vimos a Brady Jandreau domar un caballo de verdad, aquí O’Connor y Secareanu de verdad cuidan ovejas y ayudan a parir corderos. (Será que soy fácilmente impresionable, pero la imagen de Gheorghe despellejando a un cordero nonato en pantalla y haciendo con él un chaleco para un cordero vivo me perseguirá durante días). Todo esto contribuye al ambiente de soledad en el campo.

Tierra de Dios es dura, pero también tierna, y conmueve porque ve esperanza y amor no en un cuento de hadas sino en una historia que se hace real y vivida. Lamento habérmela perdido cuando se estrenó, porque es como si hubiera perdido tiempo valioso durante el que podría haber estado pensando en ella.

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